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sábado, 25 de agosto de 2012

Amigos (10ºentrega):Oscar Forradellas







 El periodista y escritor Oscar Forradellas (que el verano pasado nos regaló uno de los relatos más bellos sobre la infancia y el ciclismo rememorando la mítica ascensión al Alpe d´Huez de 1989) encuentra un momento dentro de su ajetreado verano para contestarnos a las preguntas del blog y de pasar rebuscar en la memoria:


¿Estás siguiendo esta edición 2012 de la Vuelta a España? No mucho, ví el prólogo y el final de la subida a Arrate. La verdad es que me ha pillado algo fuera de punto de forma ciclista, después de un Tour muy descafeinado en mi opinión. Pero danos un TOP 5:  Alberto, Froom, Joaquim, Igor (suspense) y ponle a Valverde a ver... 
¿Qué piensas sobre la vuelta de Alberto Contador a las carreteras? Lo veo que se lo quiere comer todo, y habrá que esperar. Sin duda, le queda ciclismo en las piernas y le veremos ganar algún que otro Tour. Ese será su desquite. 

 Tu primer recuerdo con la Vuelta a España:  Madre, recuerdo una escapada de Perico en Segovia del año catapún. También los buenos tiempos de Lale Cubino. He visto unas cuantas vueltas, el Kelme de Álvaro Pino, las hostias de Zulle en la montaña. Cuando más y mejor se ve el ciclismo es de crío, y te viene la afición. Ahora, si un día de estos pillas un final de etapa en la tele no te quitan de delante ni a palos. 


Una edición de la Vuelta a España que recuerdas con mayor pasión:  Pues quizá las que ganó Rominger, que pilló unas cuantas. Eran los tiempos de ir a la piscina en la bicicleta y salíamos todos zumbando como si fuéramos profesionales. Rominger era un corredor muy Indurain, quizá con un motor más pequeñito y revolucionado. Iba en todos los terrenos y era muy fuerte. No sé por qué no llegó a cuajar en el Tour. Ah sí, porque estaba Indurain. Pues eso. 

¿Y una etapa? Eso ya es hacer mucha memoria. Será por la mitología, pero recuerdo el Anglirú del Chava y un ataque que se marcó en Cerler también. El chava cuando iba, iba. Tenía una salida casi tan explosiva como la de Perico, pero el arreón era quizá un poco más largo. No daba tregua, mientras que el segoviano era más de ir a tirones. Lo de la vuelta también han sido los bailes de fechas, recuerdo que hubo años que se hizo en septiembre, otros en mayo, le ha costado encontrar su sitio. Y quizá también falte consolidar los puertos, hay mucho baile. Este año aquí no suben ninguno, y eso no puede ser.

viernes, 22 de julio de 2011

Un relato sobre Alpe d´Huez 1989: Un golpe de pedal de Óscar Forradellas




















Aquel fue un verano atípico. Después de un mes de junio aburridísimo, como de costumbre, animado sólo por los chapuzones en la piscina, ese año no me esperaban las horas de tedio de la siesta en el 'perche' de la casa de los abuelos, ni los revolcones con los chicos del pueblo, mucho más agrestes, ni las escapadas secretas a la caseta de los cartuchos, que podría habérsenos venido abajo encima, como comentarían los adultos de la familia cuando se enteraron del secreto. Por primera y última vez, aquel mes de julio lo pasamos en la playa, toda la familia, de vacaciones.

Tras el tormento en la carretera, llegamos a un hotelito modesto en segunda línea de playa, en Salou. Por aquel entonces no se registraban las masificaciones de hoy durante toda la temporada y aún no estaba completo, a expensas de la llegada del mes turístico por excelencia, agosto. Había sí ya algunos extranjeros, sobre todo alemanes, que tenían copada la piscina y el buffet libre, que hacía las delicias de mi padre, comedor insaciable. En las fotos -todavía las reviso, por lo bizarro de la ocasión- aparece sorprendentemente delgado. Él, de natural fornido, lucía saludablemente delgado para un hombre de unos cuarenta años, y más para uno que había rebasado los límites del sobrepeso sin ningún pudor. Para colmo, se había afeitado el bigote.

Los días eran largos como sólo lo son para los niños sin colegio, llenos de aventuras. Al poco de nuestra llegada, coincidí con uno de los vástagos de aquellos teutones en la sala de juego y, rápidamente, rebasamos la barrera del idioma para compartir nuestras incursiones en la playa, las idas y venidas a las rocas, la pesca de mosluscos que exhibíamos orgullosos como trofeo. Probé también la dureza del carácter alemán, infiltrado en uno de los dos equipos de waterpolo que se disputaban reñidos partidos en la piscina al caer la tarde. Sin consideración alguna, aquellas torres rubias me sumergían de cuando en cuando para demostrar su marcial imparcialidad.

Mientras, mis progenitores y mi hermana alternaban idas y venidas a la playa con garbeos por el paseo marítimo, del que traían algún souvenir en forma de raquetas de playa, chanclas de tira ancha o camisetas de vivos colores. Mi pequeña deserción, lejos de causar problemas, hacía que los momentos de reencuentro fueran completamente gozosos, con el relato de las últimas bravuras y alguna indicación prudente: ponte crema, toma, dile a ese chico que le invitas a un helado, que no somos rácanos, y cosas así.

Pero al menos un momento al día, mi padre y yo nos reuníamos de nuevo en el salón de estar del hotel, con su televisión, agazapados a la espera de que pasara la cortinilla final del telediario y que la pantalla se llenara de verde y gris, de carne y acero, de un gentío agolpado en las cunetas azuzando a aquellos héroes del pedal. El año anterior, Perico había ganado el tour por primera vez y la afición al ciclismo había rebrotado en España tras la década de sequía que había dejado Ocaña. Sin embargo, la mayoría de alemanes nos dejaban a mí padre y a mí junto a un exiguo grupo de compatriotas fervorosos, animando al segoviano, que había cometido un par de cagadas al inicio de la carrera imperdonables. “Si ya podría ir ganando, es un cabeza rota”, gritaba mi padre enardecido entre gestos de asentimiento, para mi sorpresa, temeroso de sus andanadas.

Yo me había perdido aquella hazaña del año anterior, absorto en la dinámica inexpugnable del pueblo. Pero entonces no estaba dispuesto a dejarlo pasar. Hacía meses que miraba con ansia aquella BH roja que había entrado en casa y que era culpable en parte del figurín que lucía mi padre, pero todavía no llegaba a los pedales. La carrera alcanzó el tramo decisivo con la criba hecha. Lemond, Fignon y Perico se la jugaban en las 21 curvas de Alpe D'Huez. Papá evocaba los “latigazos” del nuestro en los momentos decisivos, a la espera de uno de esos rayos fulminantes que cegaban a sus competidores, dejándolos clavados como estacas. Pero primero atacó el francés. “Se va, se va, joder sí se va...”, escuchaba gritar por encima de mi cabeza, pero no sentía la desesperación de otras veces en la voz. Aquello no estaba perdido.

El americano, por su parte, “no iba”. Era lo que decían el resto de especialistas al ver al maillot amarillo (mucho más áureo que ahora) intentar seguir al rubio, que marcaba cada golpe de pedal con los riñones, como si pusiera tachuelas con cada pierna y las revisara con aquellas gafitas puestas. “Ahí va, ahí va”, tronó mi padre de repente al tiempo que saltaba Perico, encrespado encima de los pedales, dejando al americano sufrir solo en pos de la meta. Y todo eran vengas y vamos y dale, que es tuyo, el gabacho ese que, ojo, no va mal, el muy franchute. Al final entraron juntos los dos con unos segundos sobre Lemond, entre ayes y uyes.

Todo quedaba aún abierto, la última carta se jugaba, ay, al día siguiente en una contrarreloj. Ese mismo día regresábamos a casa, consumido ya el mayor derroche familiar que todavía se recuerda. Los segundos fueron cayendo como losas en el viaje de vuelta con el silencio y la radio de fondo: Fignon no alcanzaba a Lemond por los pelos, y Perico se quedaba sin ganar, todo por su mala cabeza, como se lamentaba el conductor en una mezcla de tristeza y calamidad que nos hundía aún más en los asientos. Aquella sería la última oportunidad de Perico, el último año que tuvo posibilidades reales de conquistar la ronda gala para su legión de incondicionales. Nunca volvimos a ir de vacaciones.

jueves, 21 de julio de 2011

Porra del día: Óscar Forradellas


El periodista montisonense Óscar Forradellas se incorpora a los aliados de este blog con su previsión para el día de hoy: A mí el instinto y la voluntad me dice que podemos ver un ataque tempranero. Las primeras escaramuzas pueden llegar incluso en el Agnel, donde segundas filas como Basso podrían enseñar maillot. La guerra se desatará definitivamente en el Izoard, donde se dinamitará la carrera. Saltará, claro, Contador, al que seguirá en el primer momento Samu, Evans y Andy. Frank y Voekcler petan a la primera forzada. Y el Galibier será una carnicería donde sufrírá primero Evans y luego Samu para que Contador corone solo mientras Voeckler se hunde y pierde lo que había salvado hasta ahora para desesperación de los gabachos.